Covid: En la encrucijada entre normalidad y solidaridad

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El Papa Francisco está seguro de esto y lo repite a todos: de la pandemia salimos mejores o peores. La crisis mundial exige un replanteamiento de los parámetros de la convivencia humana en clave solidaria. Sobre esta idea se basa el “Proyecto Covid – construir un futuro mejor”, creado en colaboración por los dicasterios para la Comunicación y para el Desarrollo Humano Integral, que busca ofrecer un camino que desde el final de la pandemia lleve al inicio de una nueva fraternidad.

El virus global ha puesto el mundo al revés. Y el cambio se ha producido en el eje producción-solidaridad. Monseñor Robert Vitillo, Secretario General de la Comisión Católica Internacional para las Migraciones, vuelve a lo que ya es historia, aunque a menudo silenciosa e invisible. “Mientras que las grandes empresas y los gobiernos ‘fuertes’ -observa- se vieron bloqueados durante el pico de la pandemia, las comunidades locales, en cambio, fueron capaces de dar muchas respuestas eficaces”, desde voluntarios que entregaban alimentos a los enfermos y ancianos, hasta “estudiantes universitarios de ingeniería que diseñaron ventiladores a partir de máquinas que nunca hubiéramos considerado en tiempos pre-Covid”. Para monseñor Vitillo la esperanza ahora, como el Papa Francisco ha deseado a menudo, es que en todas partes a nivel institucional y supranacional haya “conciencia de la necesidad de una mayor cooperación social y espiritual”.

Usted es miembro de la Comisión vaticana COVID 19, el mecanismo de respuesta establecido por el Papa Francisco para hacer frente a una pandemia sin precedentes. Personalmente, ¿qué espera aprender de esta experiencia? ¿Cómo podrá obtener inspiración la sociedad en su conjunto del trabajo de la Comisión?

R. – Mi participación en la Comisión vaticana COVID 19 me insta a responder de manera plena y respetuosa al sufrimiento de quien está directamente afectado por la pandemia, de quien corre mayor riesgo de contraer la enfermedad y está sujeto a consecuencias sociales y económicas más graves que se derivan de esta emergencia de salud pública. Debido a esta pandemia, el mundo entero se ha enfrentado a varios desafíos, pero los pobres, los marginados y los que ya están en graves condiciones de salud están librando una batalla mucho más grande que la mayoría de nosotros. Debemos extender la mano, en solidaridad cristiana, a todos nuestros hermanos y hermanas de la familia humana. Y, como nos dice el Papa Francisco, ya que todos estamos en la misma barca, debemos aprender a remar juntos.

El Papa Francisco pidió a la Comisión COVID 19 preparar el futuro en lugar de prepararse para el futuro. En esta empresa, ¿cuál debería ser el papel de la Iglesia Católica como institución?

R. – Cuando el Papa Francisco nos pide preparar el futuro, creo que nos exhorta a no volver a la “vieja normalidad”, que ha producido profundas brechas entre ricos y pobres, graves daños ambientales y violencia en nuestras propias familias y en la sociedad en su conjunto. Dios nos invita ahora a construir junto a Él un nuevo mundo basado en el amor, la justicia, la igualdad, el acceso a un trabajo decente y digno, la educación para todos, el derecho a la atención médica para los necesitados e independientemente de su capacidad para pagar por la atención. Gracias a su liderazgo moral y a su alcance universal, la Iglesia católica debería ser una fuente de inspiración para los cambios en las políticas, prácticas y comportamientos a todos los niveles: desde los jefes de gobierno hasta los responsables de la toma de decisiones en puestos clave, a los líderes religiosos y a las personas de fe y las comunidades de base.

¿Qué enseñanzas personales (si es que las hay) ha aprendido de la experiencia de esta pandemia? ¿Qué cambios concretos espera ver después de esta crisis, tanto a nivel personal como mundial?

R. – He aprendido a escuchar más atentamente las necesidades de mis colegas de trabajo en la Comisión internacional católica para las Migraciones y a ser más sensible frente a la grave situación en que se encuentran los migrantes, los refugiados y los desplazados internos a los que servimos en todas partes del mundo. Como sacerdote, sufrí junto con mis hermanos en la parroquia de San Juan XXIII en Ginebra cuando no se les permitió ir a la iglesia y recibir a Cristo en el sacramento de la Sagrada Eucaristía. Espero que esta crisis me haya ayudado a crecer espiritualmente y a no olvidar nunca mi total dependencia de Dios, a sentir su amor y su misericordia cada día. Por último, espero haber aprendido a agradecer a Dios más sinceramente todos sus dones y a dar consuelo a todos los que han sufrido a causa de Covid 19.

¿Qué nos dice la crisis del coronavirus sobre los sistemas políticos actuales? ¿Nos damos cuenta de que en todos los países y para todos los sistemas hay grandes dificultades para gestionar la pandemia?

R. – Mientras las grandes empresas y los gobiernos “fuertes” se bloquearon durante el pico de la pandemia, las comunidades locales pudieron dar muchas respuestas eficaces: voluntarios que entregaban alimentos a los enfermos y a los ancianos, monjas que fabricaban mascarillas a mano, estudiantes universitarios de ingeniería que proyectaron ventiladores a partir de máquinas que jamás habríamos considerado en tiempos pre-Covid. Trabajadores en primera línea, muchos de los cuales son migrantes y refugiados, que antes de la pandemia habían sido víctimas de prejuicios y discriminación y que arriesgaron sus vidas para salvar a quienes nunca antes habían conocido. Esto nos hace entender que las grandes empresas y los gobiernos “fuertes” necesitan cambiar sus valores y centrarse más en las personas que en el dinero y el poder.

“Nadie se salvará solo “, dijo el Santo Padre varias veces. Parece evidente, pero muchos países recurren a soluciones teóricas, individuales y casi egoístas. ¿Siguen siendo adecuados los modelos de governance? ¿En qué valores fundar un nuevo modelo?

R. – Pienso que las respuestas fragmentadas y desiguales al Covid 19 revelan el gran peligro de un aumento de las tendencias nacionalistas y la falsa teoría de que podemos evitar los peligros globales simplemente cerrando nuestras fronteras y comunidades a los llamados “extranjeros”. La globalización nos ha hecho interdependientes en todos los niveles de la vida y de la actividad económica: prueba de ello ha sido la incapacidad de muchos países para producir los productos médicos necesarios para mantener a las personas con vida durante la pandemia. Los valores y principios fundantes que subyacen en casi todas las grandes tradiciones religiosas son ahora más necesarios que nunca: la solidaridad y la subsidiariedad, la justicia y la caridad, el amor por todos y la cooperación global en todos los niveles de la sociedad.

La misma Unión Europea corre el riesgo de una fractura profunda en la gestión post-Covid. Las divisiones que han surgido entre los 27 países miembros parecen poner de relieve la falta de creatividad y previsión. ¿Puede una unión construida sobre las ruinas de la Segunda Guerra Mundial olvidar las enseñanzas de su propia historia?

R. – La esperanza es que esta experiencia del Covid 19 ayude a las personas a recordar las razones por las que se fundó la Unión Europea y el hecho de que una parte importante de esta Unión se construyó sobre los mismos valores transmitidos por el cristianismo durante muchos siglos. Rezo para que la Unión Europea responda no sólo ofreciendo ayuda económica, aunque esto también es absolutamente necesario para algunos países de Europa y para muchos otros lugares del mundo. Pero mi esperanza es que los europeos también tomen conciencia de la necesidad de una mayor cooperación social y espiritual.

¿Cuál es el papel de las Naciones Unidas en la reconstrucción económica y política mundial? ¿No debería ser, ante una crisis que no perdona a ningún país, el lugar privilegiado, el laboratorio del mundo para ser entregado a las nuevas generaciones?

R. – Como miembro de dos grupos de trabajo de expertos establecidos por la Organización Mundial de la Salud (OMS) en respuesta al Covid 19, me sorprendió que muchos científicos y expertos en salud pública reconocieran que la gente da mucha más credibilidad a los líderes religiosos y a las organizaciones de inspiración religiosa que a las Naciones Unidas y a los gobiernos. Por ello, los funcionarios de las Naciones Unidas me invitaron a participar en estos dos grupos de trabajo de expertos y pidieron a los líderes religiosos que difundieran información y directrices sobre cómo prevenir una mayor propagación del Covid 19. Se necesita una respuesta común en todos los niveles de la sociedad, del gobierno y de las organizaciones multilaterales para poner fin a la amenaza del Covid 19 y prepararse para las futuras pandemias que podrían surgir en el horizonte. Y, como dijo el Papa Francisco, todas las vacunas y las medicinas deben estar disponibles para todos los miembros de la familia humana.

La historia de la humanidad está atravesada por crisis de épocas, por momentos en los que se encontró en una encrucijada y tuvo que tomar decisiones verdaderamente históricas. ¿Hoy nos enfrentamos a una de esas encrucijadas de épocas?

R. – Ciertamente, la aparición del Covid 19 nos puso en una encrucijada de época: ¿quién hubiera pensado que un virus invisible sería capaz de bloquear el mundo entero en pocas semanas? ¿Quién hubiera imaginado que megalópolis como Nueva York, San Pablo en Brasil, París, incluso nuestra amada Roma, aparecerían sin vida y vacías durante varios meses? Pero ahora, mientras luchamos contra el inicio y/o las segundas oleadas del Covid 19, ya estamos frente a otra encrucijada. ¿Intentaremos restablecer, lo antes posible, esa “vieja normalidad” que nos ha puesto en una situación tan precaria, o en su lugar nos preocuparemos más por cooperar con Dios para construir su Reino incluso durante esta vida, para estar mejor preparados para la próxima vida en el paraíso?

¿Qué está en juego? ¿Qué podemos perder a causa del egoísmo y el individualismo?

R. – No sólo nuestras vidas están en juego, sino más aún las vidas, la dignidad y la felicidad de las generaciones futuras. El egoísmo y el individualismo no funcionó para nuestros primeros padres, Adán y Eva, o para Caín, su hijo, que mató a Abel, su hermano. Jamás funcionaron para los que hacen la guerra y ejercen la violencia contra los demás. El hombre más exitoso que ha pasado por esta tierra fue nuestro Emmanuel, Dios-con-nosotros, Jesucristo, que dio su vida por sus amigos y de esta manera nos salvó del pecado y de la muerte para siempre. Debemos servirnos de su amor y de su misericordia, así como de los conocimientos científicos que seguimos adquiriendo, para desarrollar juntos las mejores estrategias y acciones contra el Covid 19 y contra muchas otras emergencias de salud pública y de otro tipo.

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Fuente: Vatican News

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