El cielo es de todos nosotros: la Ascensión en el Magisterio pontificio

El cielo es de todos nosotros: la Ascensión en el Magisterio pontificio

El significado del “gran misterio de la Ascensión de Nuestro Señor”, como lo definió San Juan XXIII, en el Magisterio de los Papas. En un tweet el Papa Francisco nos recuerda hoy que con su Ascensión el Señor nos pide que tengamos ojos y corazón para encontrarnos con él, servirle y dar testimonio a los demás

“La Ascensión del Señor al cielo inaugura una nueva forma de presencia de Jesús en medio de nosotros, y nos invita a que tengamos ojos y corazón para encontrarlo, servirlo y testimoniarlo a los demás”. Así nos recordaba hoy el Papa Francisco en un tweet el significado de la Ascensión que se celebra el jueves de la sexta semana de Pascua, solemnidad que se traslada en Italia y en otros países al domingo siguiente.

“Contemplemos, pues, ante todo el gran misterio de la Ascensión de Nuestro Señor. (…) De la cumbre divina del cielo descendió al mundo para redimirlo y salvarlo: por obra de la misericordia y de la piedad consumada, Jesús vuelve al seno del Padre de quien había venido. ¡Qué gran misterio es éste!”

Juan XXIII
Era el 26 de mayo de 1960, solemnidad de la Ascensión, cuando Juan XXIII canonizaba a San Gregorio Barbarico. Según la narración bíblica (particularmente en los Hechos de los Apóstoles) Jesús subió al cielo con su cuerpo, para sentarse a la diestra del Padre y unirse físicamente al Padre, para no aparecer más en la Tierra hasta su segunda venida. Se concluye pues, el ciclo terrenal de su vida. Los apóstoles dejarán de verlo, pero Jesús estará siempre con ellos, es decir, con nosotros. Este misterio llama en causa nuestra percepción de ver no ver, pero aún más nuestra relación con el cielo….

“¡Misterio de la Ascensión! ¡oh! ¡verdaderamente misterio! misterio por lo que se refiere a Cristo; misterio por la manera en que todavía se nos da a pensar y a tener presente su figura divina y humana, y misterio por el reflejo que este destino extremo y supremo de Cristo tiene sobre el de la humanidad, sobre la Iglesia fundada por él, sobre la tierra y sobre cada una de nuestras existencias.

Oh, verdaderamente un misterio, tanto en el sentido ontológico como teológico, que este acontecimiento final y conclusivo de la vida de Jesús en la tierra tiene en el diseño divino de la Encarnación y de la Redención: ¡qué nueva revelación nos es dada por su desaparición de la escena sensible e histórica de este mundo!

Recordemos la muy breve pero sorprendente narración del hecho, que nos da san Lucas en el primer capítulo de los “Hechos de los Apóstoles”: después del último saludo a los Apóstoles, con la promesa profética de la misión del Espíritu Santo y la difusión del Evangelio entre los pueblos, Jesús, “mientras miraban, se levantó y una nube lo ocultó de sus ojos” (Hch. 1, 8-9). El primer aspecto del acontecimiento, el único experimental: Jesús se levanta, es decir, se separa de la tierra y desaparece, se esconde: nuestros ojos arderán con insomne deseo de volver a verlo, de verlo aún; pero hasta su “parusía”, es decir, hasta su última y apocalíptica aparición, en un mundo totalmente diferente al nuestro, ¡no lo veremos más! la generación de los Apóstoles desaparecerá, sin que se satisfaga la tensión de su expectativa; así para las otras generaciones sucesivas, para nuestra generación actual, que aún vive de su memoria y espera su triunfante y última reaparición, Jesús permanece invisible. ¡Tengamos cuidado, Hermanos e Hijos! Invisible, pero no ausente”.

Pablo VI
Invisible pero no ausente, precisa Pablo VI en la solemnidad de 1975, el 8 de mayo. El misterio de este acontecimiento se manifiesta en esta aparente contradicción….

“¿Qué significa que Jesús ascendió al cielo? No son las categorías espaciales las que nos permiten comprender adecuadamente este acontecimiento, que sólo abre su significado y su fecundidad a la fe. ‘Sentado a la derecha de Dios’: este es el primer significado de la Ascensión. Y aunque la expresión sea imaginativa, puesto que Dios no tiene ni derecha ni izquierda, contiene un mensaje cristológico importante: Jesús resucitado entró plenamente, incluso con su humanidad, a formar parte de la gloria divina y, en efecto, para participar en la actividad salvífica de Dios mismo”.

Juan Pablo II
Juan Pablo II celebró la Misa de la Ascensión en la Gruta de Lourdes en el Vaticano el 20 de mayo de 1982. El misterio de la Ascensión llama en causa la humanidad de Jesús, pero también la humanidad entera, es decir, también la de todos nosotros. Somos todos nosotros los que ascendemos al cielo.

Benedicto XVI
Nos lo explicó desde Cassino, a un nivel exquisitamente teológico, Benedicto XVI domingo 24 de mayo de 2009:

“En la página de los Hechos de los Apóstoles se dice ante todo que Jesús ‘fue elevado’ (Hch 1, 9), y luego se añade que ‘ha sido llevado’ (Hch 1, 11). El acontecimiento no se describe como un viaje hacia lo alto, sino como una acción del poder de Dios, que introduce a Jesús en el espacio de la proximidad divina. La presencia de la nube que ‘lo ocultó a sus ojos’ (Hch 1, 9) hace referencia a una antiquísima imagen de la teología del Antiguo Testamento, e inserta el relato de la Ascensión en la historia de Dios con Israel, desde la nube del Sinaí y sobre la tienda de la Alianza en el desierto, hasta la nube luminosa sobre el monte de la Transfiguración. Presentar al Señor envuelto en la nube evoca, en definitiva, el mismo misterio expresado por el simbolismo de ‘sentarse a la derecha de Dios’”.

“En el Cristo elevado al cielo el ser humano ha entrado de modo inaudito y nuevo en la intimidad de Dios; el hombre encuentra, ya para siempre, espacio en Dios”.

¿Qué significa que Jesús subió a los cielos?
Por lo tanto, el hombre encuentra espacio en Dios, pero no siempre es consciente de ello. Pablo VI, atento a la progresión del materialismo y del cientificismo en nuestras sociedades, ya dio la voz de alarma en 1976, el 27 de mayo, siempre con ocasión de la Ascensión.

“Sabemos que la mentalidad moderna rechaza este diseño constitutivo de la existencia humana. La mentalidad moderna, es decir, la que no tiene el faro orientador de la esperanza cristiana, está comprometida con la conquista del bienestar temporal y actual. La ciencia natural es su única luz; el bienestar económico es su paraíso terrenal; y a veces las necesidades legítimas y graves de la vida natural y presente quisieran ser instrumentalizadas en contraposición a la finalidad religiosa de la vida, como prevaleciente, es más, como los únicos dignos de la investigación humana, y como dignos de inclinarse hacia sí mismos y reemplazar las necesidades y los deberes del espíritu y las promesas de la fe.

Esto no se ajusta al programa cristiano, cuyo diseño, aunque reconoce y sirve a las necesidades de la época, va mucho más allá de los límites de los intereses materiales y de los placeres momentáneos del carpe diem. Y maravilla que el cristiano, peregrino hacia Cristo más allá del tiempo, y por lo tanto libre y ágil, no esté anclado en su corazón por la efímera escena de este mundo, precisamente en virtud de su amor insomne por el Cristo glorioso del más allá, sabe descubrir al Cristo necesitado de este lado; ve a su Cristo, digno de una entrega total, en su hermano pobre, pequeño, sufriente, donde la imagen mística de Jesús celestial, según su palabra divina, está encarnada en el dolor humano terrenal. Nuestra fiesta de la Ascensión de Cristo puede celebrarse también de esta manera, escuchando y realizando su abrumadora palabra de amor social: “En verdad os digo que cada vez que habéis hecho el bien a mi hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”.

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Fuente: Vatican News

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