Homilía del 14 de Febrero de 2019: Evangelio y Palabra del Día

Homilía del 14 de Febrero de 2019: Evangelio y Palabra del Día

LECTURA DEL DÍA


Del libro del Génesis
Gn 2, 18-25

En aquel día, dijo el Señor Dios: «No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle a alguien como él, para que lo ayude». Entonces el Señor Dios formó de la tierra todas las bestias del campo y todos los pájaros del cielo y los llevó ante Adán para que les pusiera nombre y así todo ser viviente tuviera el nombre puesto por Adán.

Así, pues, Adán les puso nombre a todos los animales domésticos, a los pájaros del cielo y a las bestias del campo; pero no hubo ningún ser semejante a Adán para ayudarlo.

Entonces el Señor Dios hizo caer al hombre en un profundo sueño, y mientras dormía, le sacó una costilla y cerró la carne sobre el lugar vacío. Y de la costilla que le había sacado al hombre, Dios formó una mujer. Se la llevó al hombre y éste exclamó:

«Ésta sí es hueso de mis huesos
y carne de mi carne.
Ésta será llamada mujer,
porque ha sido formada del hombre».

Por eso el hombre abandonará a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola cosa.

Por entonces los dos estaban desnudos, el hombre y su mujer, pero no sentían vergüenza por ello.


EVANGELIO DEL DÍA


Evangelio según Marcos
Mc 7, 24-30

En aquel tiempo, Jesús salió de Genesaret y se fue a la región donde se encuentra Tiro. Entró en una casa, pues no quería que nadie se enterara de que estaba ahí, pero no pudo pasar inadvertido. Una mujer, que tenía una niña poseída por un espíritu impuro, se enteró enseguida, fue a buscarlo y se postró a sus pies.

Cuando aquella mujer, una siria de Fenicia y pagana, le rogaba a Jesús que le sacara el demonio a su hija, él le respondió: «Deja que coman primero los hijos. No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos». La mujer le replicó: «Sí, Señor; pero también es cierto que los perritos, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños».

Entonces Jesús le contestó: «Anda, vete; por eso que has dicho, el demonio ha salido ya de tu hija». Al llegar a su casa, la mujer encontró a su hija recostada en la cama, y ya el demonio había salido de ella.


HOMILÍA DEL PAPA FRANCISCO


[…] La meditación del Pontífice hizo referencia a la oración colecta del día, en la cual se pide «que todos los pueblos —¡todos los hombres!— acojan la Palabra de Dios y formen al santo pueblo fiel de Dios». Y si para «formar al pueblo» es necesario «acoger la Palabra», entonces «hay necesidad de sembradores de Palabra, de misioneros, de verdaderos heraldos». Como los santos Cirilo y Metodio, patrones de Europa, los cuales «fueron buenos: buenos heraldos, que llevaron la Palabra de Dios. Y que también consiguieron llevarla en la lengua de aquella gente, para que la entendieran».

También en las lecturas propuestas por la liturgia se habla de misionariedad, con Jesús que envía a los discípulos (Lucas 10, 1 -9) y con Pablo y Bernabé que son enviados (Hechos de los Apóstoles 13, 46-49). Pero, se preguntó Francisco, ¿cómo debe ser «la personalidad de un enviado, de un enviado a proclamar la Palabra de Dios?». Emergieron tres características.

En primer lugar, «de Pablo y Bernabé se dice que hablaban con franqueza». Por tanto, dijo el Papa, la Palabra de Dios se debe llevar «con franqueza, es decir, abiertamente; también con fuerza, con valentía». Son precisamente éstas, explicó, las traducciones de la palabra griega usada por Pablo en la Escritura: parresía. Esto significa que «la palabra de Dios no se puede llevar como una propuesta —“pero, si te gusta…”— o como una idea filosófica o moral, buena —“pero, tú puedes vivir así…”». Ésta sin embargo «necesita ser propuesta con esta franqueza, con esa fuerza, para que la palabra penetre, como dice el mismo Pablo, hasta los huesos».

Sucede de hecho que «la persona que no tiene valentía — valentía espiritual, valentía en el corazón, que no está enamorada de Jesús, y de ahí le viene la valentía— dirá, sí, algo interesante, algo de moral, algo que hará bien, un bien filantrópico», pero en él no se encontrará la Palabra de Dios. Así será «incapaz de formar al Pueblo de Dios», porque «sólo la palabra de Dios proclamada con esta franqueza, con esta valentía, es capaz de formar al Pueblo de Dios».

La segunda característica del enviado emerge del pasaje evangélico. Aquí Jesús dice: «La mies es mucha, y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies». Comentó el Papa: «la Palabra de Dios es proclamada con oración», y esto se hace «siempre». De hecho, añadió, «sin oración, tú puedes dar una bonita conferencia, una bonita instrucción, buena, buena, pero no es la Palabra de Dios. Solamente de un corazón en oración puede salir la Palabra de Dios». Es necesario por tanto la oración «para que el Señor acompañe este sembrar la Palabra, para que el Señor riegue la semilla para que germine».

Finalmente, del Evangelio emerge «una tercera característica que es interesante». Se lee: «os envío como corderos en medio de lobos». ¿Qué significa? «El verdadero predicador —explicó el Pontífice— es el que sabe que es débil, que sabe que no puede defenderse de sí mismo». El enviado «en medio de los lobos» podría objetar: «¿Pero, Señor, para que me coman?». La respuesta es: «¡Tú ve! Este es el camino». Al respecto Francisco hizo referencia a una «reflexión muy profunda» de Juan Crisóstomo: «Pero si tú no vas como cordero, si vas como lobo entre los lobos, el Señor no te protege: defiéndete solo». Es decir: «cuando el predicador se cree demasiado inteligente o cuando ese que tiene la responsabilidad de llevar adelante la Palabra de Dios quiere hacerse el astuto» y quizá piensa: «¡Ah, yo puedo con esta gente!», entonces «terminará mal», o «negociará la Palabra de Dios: con los poderosos, con los soberbios…».

Para apoyar este pensamiento, el Papa contó una historia («no sé si es verdadera o no —dijo— pero ayuda a pensar»). Se refiere a una persona «que presumía de predicar bien la Palabra de Dios y se sentía lobo: “Yo tengo la fuerza, no necesito, no soy un cordero”». Después de su predicación, fue al confesionario, y se arrodilló «un “pez gordo”, un gran pecador», que «lloraba, lloraba, lloraba» por los «muchos pecados» y, «arrepentido, quería pedir perdón». Entonces el confesor, pensando que era gracias a su predicación, «empezó a hincharse de vanidad» y preguntó al penitente: «Dígame, ¿cuál es la palabra que dije le ha tocado más, con la cual sintió que tenía que arrepentirse?». Y la respuesta fue: «Ha sido cuando usted dijo: pasamos a otro tema».

Es sólo una anécdota para explicar que «cuando el que debe llevar la Palabra de Dios lo hace seguro de sí mismo y no como un cordero, termina mal». Si en cambio lo hace «como un cordero, será el Señor el que defienda a los corderos. Los lobos no podrán. Quizá te quitarán la vida, pero tu corazón permanecerá fiel al Señor».

«Así —concluyó el Papa— es la misionaridad de la Iglesia. Así se proclama la Palabra de Dios. Así son los grandes misioneros, los que proclaman la Palabra no como algo propio, sino con la valentía, la franqueza que viene de Dios». Son aquellos que «como se sienten poca cosa, rezan». Por tanto «los grandes heraldos que han sembrado y han ayudado a hacer crecer las Iglesias en el mundo, han sido hombres valientes, de oración y humildes». Por otro lado, añadió el Pontífice, «el mismo Jesús lo dice: “Y cuando vosotros hayáis hecho todo esto, decid: soy siervo inútil”. El verdadero predicador se siente inútil porque siente que es la fuerza de la Palabra, la que lleva adelante el Reino de Dios». […]

(Santa Marta, 14 de febrero de 2017)


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