Primavera y lágrimas. La historia de un olvido

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La experiencia del encuentro inesperado nos permite viajar por los caminos andados por otros seres humanos. En esta época de distanciamientos, la cercanía vital es un aliado humanizador.

Era una tarde soleada y fresca de primavera; justo el viernes previo a la fiesta de Pentecostés. Caminaba por las calles de Roma que lucían diezmadas de turistas a causa del coronavirus. En la esquina del hospital “Santo Spirito” con la calle de los Penitentes, hay una vieja caseta de teléfono un poco desvencijada, le falta una puerta y la otra se balancea como implorando no caerse. De ese lugar salía la mitad del cuerpo de un hombre de piel oscura. Una escena inimaginable en estos tiempos en que todo se ha convertido en derechos humanos y en garantías constitucionales.

Me acerqué despacio. Era un ser casi humano, despojado de sus vestiduras, pues las que tenía eran andrajos, pedazos de tela que apenas cubrían algunas partes de aquel ser corpulento y alto.

Sollozaba, como queriendo expresar su miseria, con la que había viajado miles de kilómetros desde algún lugar del continente africano y a la que esperaba renunciar en la civilizada Europa. No alcanzaba a articular el mensaje. Quizá las lágrimas que salían de sus ojos evaporaban las palabras, silenciándolas, reduciéndolas a olvidos.

Allí estaba, esperando que las razones por las que decidió cruzar el Mediterráneo fueran escuchadas. Quizá allá, en su tierra, su vida estaba en peligro, amenazada, a punto de que una bala pusiera fin a su existencia, y por eso había huido. Quizá por eso había dejado su familia, o, probablemente, porque ya no tenía familia, porque el ángel exterminador había acabado con todos los suyos, y, así decidió seguir a la soledad y ella que sabe que todos los caminos llevan a Roma, lo trajo hasta acá.

No sé cómo se llama. En mi mochila tenía dos manzanas. Quise dárselas. Me vio con temor y yo también, sin embargo, el hambre pudo más y aceptó el insignificante regalo. Apenas si logré escuchar el “merci”. Se puso en pie y comenzó a caminar. Allí quedó la caseta telefónica y con ella las palabras, los balbuceos de aquel sin nombre, a quien, por la economía del lenguaje, llamamos ser humano.

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Fuente: Vatican News

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