Sacrificarnos hasta dar la vida por los demás”. Reflexión P. Lentiampa

Sacrificarnos hasta dar la vida por los demás”. Reflexión P. Lentiampa
El Padre Adrien Lentiampa nos introduce en la meditación de los textos litúrgicos del vigésimo domingo del tiempo ordinario del año C

Meditación con el Padre Adrien Lentiampa, SJ
Este versículo, que cierra la segunda lectura de la epístola hebrea de hoy, puede asustarnos: «Para ser fieles a nuestro bautismo, para ser victoriosos en nuestra lucha contra el pecado, ¿debemos llegar a derramar nuestra sangre? ¡Ni el Evangelio, ni la Iglesia, fomentan el martirio! El martirio no es objeto de una elección voluntarista, que se asemeja a un sacrificio humano. Sin embargo, el martirio debe seguir siendo una opción posible y concebible cuando se trata de permanecer fieles al Señor; puede convertirse en un signo de nuestro apego al Señor, cueste lo que cueste.

Este es el ejemplo que nos da hoy, en la primera lectura, la figura de Jeremías que, aunque entregado a la maldad de sus detractores, no está dispuesto a comprometer el mensaje del que es profeta, ni siquiera arriesgando su propia vida. En este sentido, Jeremías es la figura del creyente que no busca primero satisfacer a las personas que le rodean, sino que se preocupa ante todo de su fidelidad a la radicalidad de la Palabra de Dios. ¡El cristiano debe estar listo para resistir cualquier cosa que pueda separarlo de Dios – el pecado – a cualquier costo!

Este es también el mensaje del Evangelio de hoy, donde Cristo compara su misión con un fuego que debe quemarlo todo. Todos los que se adhieren a esta misión son atrapados por este fuego. Y este fuego es tal que deja huellas indelebles: los que se dejan prender fuego por este fuego y los que lo rechazan se vuelven irremediablemente antagónicos, aunque estén unidos por lazos familiares. En efecto, el mensaje de Jesús implica una elección radical. Este mensaje debe convertirse en nuestra nueva identidad, incluso más allá del vínculo de sangre. Es este fuego el que debe caracterizarnos en todo, y convertirse en nuestro signo de reconocimiento.

Pero, cuidado, el fuego que Jesús trae y que debe prender fuego a todo, es el fuego de su Espíritu, el fuego de su amor. En otras palabras, al adherirnos a la misión de Jesús, adoptamos como único criterio de nuestra vida, de nuestras acciones o de nuestra mirada a los demás, el amor que nos viene de Dios. Como cristiano, es el Amor que debe ser nuestro signo distintivo….

Es cierto que la palabra «amor» ha sido tan utilizada que ya no dice mucho. Debemos, pues, comprender que el verdadero amor -en el fondo, el único amor verdadero- es aquel que se pone en acción, que está dispuesto a sacrificarse por el bien de los demás. Recordemos al mismo Jesús: «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Ene 13,1). Así pues, el único criterio que puede dar sentido a nuestros sacrificios, incluso a la posibilidad del martirio, es este amor sin límites, que encuentra su fuente en el propio amor de Dios por nosotros. Y esto sólo es posible si, en todo, primero mantenemos los ojos fijos en Jesús. Sólo en Cristo podemos vivir la radicalidad de nuestra vida cristiana, porque es Él quien nos da la fuerza para hacerlo; es Él quien nos acompaña a través de la misericordia del Corazón de Dios. Por tanto, animémonos en aquel que «soportó la cruz despreciando la vergüenza de la tortura», y que ahora es victorioso sobre el pecado.

AMEN!

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Fuente: Vatican News

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