Una Iglesia de rostro amazónico y el escándalo de la inculturación

Una Iglesia de rostro amazónico y el escándalo de la inculturación

Vatican News comparte las reflexiones del presbítero Enrique Ciro “Quique” Bianchi, teólogo de la Diócesis de San Nicolás, profesor de la Pontificia Universidad Católica Argentina; en el marco del inminente Sínodo sobre la Amazonía que se celebrará en Roma en octubre de 2019

Uno de los tantos senderos que se abrieron en el posconcilio es el de pensar la evangelización como una inculturación del Evangelio. Juan Pablo II impulsó fuertemente esta perspectiva considerando la inculturación como un “hermoso neologismo” que “expresa muy bien uno de los componentes del gran misterio de la Encarnación”. Si buscamos una definición sintética, podemos tomar la expresión del Sínodo de 1985 que entiende a la inculturación como “una íntima transformación de los auténticos valores culturales por su integración en el cristianismo y la radicación del cristianismo en todas las culturas humanas”.

Hasta aquí todos de acuerdo. Cuando se trata de la inculturación como un principio teológico pastoral parecería que todas sus consecuencias pueden contenerse en consensos de escritorio. Pero este año la Iglesia está por celebrar un Sínodo sobre los desafíos que presenta la Amazonía. Se trata una región que debido a la riqueza de sus recursos y el estado de amenaza en que se encuentra entraña una problemática que es de vital importancia para el futuro de la humanidad. A esto se suma el hecho de que en su seno viven comunidades indígenas a las que la Iglesia quiere anunciarles el Evangelio y que se encuentran en un proceso de inculturación incipiente. El Sínodo quiere buscar nuevos caminos para profundizar esta misión. Pasar de una Iglesia para los indígenas a una Iglesia indígena.

El cardenal C. Hummes, relator general del Sínodo, lo explica en una entrevista a La Civiltà Cattolica: “Nosotros, sobre todo a partir de las grandes Conferencias del episcopado latinoamericano, hemos buscado ser una Iglesia indigenista, que considera a los indígenas como objeto de pastoral, pero no todavía como protagonistas de la propia experiencia de fe. Pero esto no basta. Ahora sabemos que debemos dar un paso más: debemos promover una Iglesia indígena”.

La inculturación engendra historia
Esta coyuntura nos pone ante la posibilidad cierta de que el planteo de la inculturación tome protagonismo no sólo en el plano de los principios o de la explicación del pasado sino en la creación de la historia. Como sabe cualquiera que siga las noticias eclesiales, la reacción a los primeros trabajos del Sínodo no se ha hecho esperar. Algunas críticas son “las de siempre”, las que ven demonios conduciendo todos los procesos posconciliares, o una pluma roja detrás de cada palabra escrita a favor de los pobres. Pero otras son más serias. Incluso -como un testimonio del clima de diálogo de este pontificado- algunas proceden de altos funcionarios de la Iglesia que no temen expresar sus posturas aunque éstas arrojen sombras sobre posicionamientos del papa Francisco.

Toda crítica bienintencionada merece ser pensada y puesta en diálogo. No lo hacemos en este caso desde el lugar de quien conoce la problemática misionera del Amazonas, sino desde la búsqueda de una profundización de la reflexión teológica sobre la inculturación desde América Latina. En concreto, sólo queremos detenernos brevemente en una idea: algunas críticas hacen pensar que la inculturación participa del escándalo de la Encarnación (entiéndase que estamos en el terreno de las analogías).

Bien sabemos los cristianos que sostener que el mismo Dios Todopoderoso haya asumido la debilidad de la carne en el seno de María está lleno de consecuencias que resultan difíciles de digerir. Incluso en nuestro proceso de conversión personal se levantan permanentemente resistencias interiores frente a las nuevas facetas que nos va presentando semejante misterio. Tal vez algo análogo suceda en el interior del cuerpo eclesial cuando se quiere llevar a fondo el planteo de la inculturación del Evangelio en nuevas culturas y éstas nos muestran un nuevo modo cultural de ser Iglesia.

La inculturación choca con el eurocentrismo
Un primer escándalo que produce profundizar la evangelización en clave de inculturación es que dinamita cualquier intento de eurocentrismo. Reconocer que “ninguna cultura agota el misterio de la redención de Cristo” choca con la pretensión de normatividad que a veces presenta el cristianismo de cuño europeo. Hablamos en este caso, no de Europa como hecho geográfico sino como fenómeno cultural.

Se puede ser culturalmente europeo sin haber pisado el viejo continente. Para una idea general acerca de qué se entiende por cultura europea podemos tomar las palabras de Benedicto XVI: “La cultura de Europa nació del encuentro entre Jerusalén, Atenas y Roma; del encuentro entre la fe en el Dios de Israel, la razón filosófica de los griegos y el pensamiento jurídico de Roma”. El llamado “Occidente cristiano”. Sócrates, Cicerón y Jesucristo. Pero también Descartes, Lutero y Voltaire. Y tantos otros. Es indudable que en esta cultura la humanidad ha llegado a un alto grado de desarrollo. Incluso en el plano del pensamiento cristiano se ha logrado una rica profundización de la revelación que es un tesoro de la Iglesia. Pero este valor eminente no la hace universal ni le da derecho de presentarse como normativa. Sin embargo, de la mano de sus innegables logros -y del colonialismo de los últimos siglos-, esta cultura se ha extendido por todo el mundo exhibiendo una cierta pretensión de universalidad.

Profundizar procesos de inculturación y reconocer que otros pueblos puedan ser sujetos creadores de una cultura cristiana llevaría a “descentrar” culturalmente la Iglesia. Entenderla como un sujeto intercultural la convertiría en un mosaico donde otras culturas además de la europea tengan carta de ciudadanía cristiana. No se trata de un rechazo a la cultura europea sino de sosegar su vocación hegemónica. Eso es algo todavía pendiente y que Francisco -un papa venido de otro paradigma cultural como es el latinoamericano- reclama vehementemente. En Evangelii Gaudium hay todo un apartado sobre el tema bajo el título “Un pueblo con muchos rostros” (115-118).

Allí, a partir del principio de que “la gracia supone la cultura” fundamenta teológicamente la posibilidad de un cristianismo pluricultural y reclama enfáticamente: “no podemos pretender que los pueblos de todos los continentes, al expresar la fe cristiana, imiten los modos que encontraron los pueblos europeos en un determinado momento de la historia, porque la fe no puede encerrarse dentro de los confines de la comprensión y de la expresión de una cultura”.

Esto lleva a pensar que tal vez muchas de las resistencias a los procesos de cambio que inicia el papa Francisco tengan que ver con esta interculturalidad que reclama para la Iglesia. Algo así afirmaba en estos días una intelectual italiana en una entrevista a L´Osservatore Romano. Decía que no recuerda un papa tan atacado desde adentro de la Iglesia como ahora y atribuye el fenómeno a “la forma eurocéntrica que el catolicismo ha tomado y que contradice su vocación universal”. Según esto, Europa no está preparada para recibir el modo eclesial de América Latina que representa Francisco. Y debe convertirse.

Un ejemplo claro es la discusión sobre el perfil que tendrían que tener los sacerdotes de una Iglesia indígena. Hay quienes consideran insostenible la posibilidad que éstos no lleven en sus alforjas a San Agustín y Santo Tomás. O se rasgan las vestiduras frente a la idea de que la Iglesia indígena confiera el orden sagrado a ancianos con familia. Parecería que consideran más factible comunidades cristianas sin Eucaristía que introducir novedades en la disciplina de la Iglesia latina. A estos planteos, el cardenal Hummes les recuerda que el ministro debe ser pensado a partir de la comunidad: “Muchas veces existe la preocupación de trasplantar los modelos de los sacerdotes europeos a los eventuales sacerdotes indígenas.

Pero alguien alertaba, con razón, de que hay demasiada preocupación y prioridad acerca del perfil del ministro ordenado más que de la comunidad que debe recibir al ministro. Al contrario, la comunidad no es para su ministro, sino el ministro para su comunidad”. En estas afirmaciones de sentido común evangélico resuenan las palabras del Maestro: “El sábado ha sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado” (Mc 2,27).

La paradoja de una acción inculturada
Otra dificultad que aparece cuando pensamos la evangelización en clave de inculturación es la que viene de considerar el principio divino-humano de la acción evangelizadora. El verdadero protagonista de la inculturación es el Espíritu Santo. La íntima transformación de los valores de las culturas, la hace el Espíritu Santo que es quien transforma los corazones. Esto no hay que perderlo de vista. A veces en pastoral hablamos más de nuestras acciones que de la acción de Dios. Nuestro trabajo evangelizador, siempre necesario en esta economía, es instrumental. Colaboramos “como instrumento de la gracia divina que actúa incesantemente más allá de toda posible supervisión”.

Esto hace que en la acción pastoral con la que buscamos la inculturación siempre haya una dimensión de misterio que escapa a nuestro entendimiento y reclama la fe.

Misterio que está llamado a iluminar una paradoja: queremos transmitir el Evangelio, que “tiene un contenido transcultural” y que no se identifica con ninguna cultura, pero por otra parte resulta imposible humanamente transmitir o percibir un mensaje si no tiene un “ropaje cultural”. Nunca se puede separar del todo el mensaje de su forma cultural. En nuestro anuncio a otras culturas, ¿dónde termina lo cultural y empieza lo propiamente kerigmático? En el trabajo misionero, ¿dónde termina lo europeo y comienza lo indígena?, ¿se puede determinar qué es levadura y qué es harina en la masa? Humanamente es imposible. Como en tantas cosas de la fe, hay que sostener contemplativamente la paradoja y aceptar que se resuelve en el obrar salvífico de Dios en la historia.

Cuando Francisco dice que “en la evangelización de nuevas culturas o de culturas que no han acogido la predicación cristiana, no es indispensable imponer una determinada forma cultural, por más bella y antigua que sea, junto con la propuesta del Evangelio” no está diciendo que se pueda separar en la práctica el mensaje de su forma cultural. Está pidiendo del misionero un esfuerzo amoroso de abnegación de la propia cultura para captar lo que el Espíritu está suscitando en este nuevo medio. Parece difícil que pueda profundizarse un proceso de inculturación sin un cierto pathos de humildad que lleve a suspender momentáneamente las propias respuestas y sopesar las ajenas buscando los brotes del Espíritu en ellas. Esto no significa esconder el anuncio de Cristo sino una actitud de expectación y confianza frente a la acción del Espíritu.

Cristo plenifica el “buen vivir” indígena
De aquí se desprende un tercer aspecto que nos hacen pensar las críticas a una profundización de la inculturación. Y que viene a hacer un poco de contrapeso de lo anterior. Se trata de considerar que la inculturación junto con el respeto de la cultura a evangelizar tiene la vocación de transformarla. La Iglesia anuncia a Cristo que es quien ofrece una plenitud de vida a todos los hombres de todos los tiempos. “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” dijo Jesús (Jn 10,10). Los indígenas del Amazonas -con su ancestral sabiduría- han encontrado un camino de vida abundante en lo que ellos llaman el “buen vivir”. Como señala el Instrumentum laboris del Sínodo, se trata de una “comprensión de la vida se caracteriza por la conectividad y armonía de relaciones entre el agua, el territorio y la naturaleza, la vida comunitaria y la cultura, Dios y las diversas fuerzas espirituales”.

Una mirada de fe de los procesos históricos nos sugiere que ha sido el mismo Dios quien los fue conduciendo por esos caminos de sabiduría (no exento de los tropiezos propios del pecado). Pero también nos dice que esos caminos están llamados a desembocar en la plenitud que ofrece Cristo. Un Cristo de rostro indígena, de sabiduría indígena, que encarna todo “buen vivir” y que les ofrece una comunión de vida que plenifica y perfecciona ese “buen vivir”.

El Dios de Jesucristo tiene una promesa de vida plena para los pueblos del Amazonas ¡No podemos dejar de ofrecerla! Pero una opción por la inculturación nos lleva a hacerlo como quien pisa descalzo en tierra sagrada. Confiando en la fuerza transformadora del amor. Y sabiendo que los caminos por donde se dará esa plenitud ya los comenzó el Espíritu Santo antes de que lleguemos nosotros y que tal vez estén en gran parte vedados a nuestro pobre entendimiento.

Por último, para ir penetrando este misterio, dejemos resonar en nuestro espíritu las palabras de San Juan Pablo II en 1987 cuando llamaba a la valentía para recorrer este camino: “este neologismo encierra una toma de posición capital para la Iglesia… Ustedes lo saben: la inculturación coloca a la Iglesia en un camino difícil, pero necesario”.

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Fuente: Vatican News

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