Después de la pandemia, Paglia: La fraternidad como único futuro

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En su reciente libro electrónico “Pandemia y fraternidad. La fuerza de los lazos humanos reabre el futuro”, el arzobispo Paglia, presidente de la Academia Pontificia para la Vida, lanza el eslogan del “antivirus de la solidaridad” y pide una visión bioética global.

La pandemia nos ha mostrado nuestra fragilidad como individuos. La sociedad, las estructuras y superestructuras que hemos creado para defender nuestras vidas, con todos sus privilegios, también resultaron vulnerables. Según el arzobispo Vincenzo Paglia, presidente de la Academia Pontificia para la Vida, la única respuesta posible, mirando al futuro, es la que se construye sobre la fraternidad y la solidaridad, entendidas no como valores cristianos, sino como fundamentos sobre los que descansa la supervivencia de la humanidad. El prelado habla de esto en el libro recientemente publicado, “Pandemia y Fraternidad”. La fuerza de los lazos humanos reabre el futuro”, (Piemme-Molecole). El texto, a partir de una reciente Nota de la misma Academia, pretende abrir un debate ético y cultural sobre el período pos pandémico y los criterios para un nuevo comienzo. Los conceptos centrales son la “globalización de la fraternidad” y la difusión del “antivirus de la solidaridad”, como explica el propio presidente del Dicasterio para la Vida ante los micrófonos de Radio Vaticano Italia:

R.- Cuando el Papa Francisco dijo en la oración del 27 de marzo que todos íbamos a una velocidad supersónica, pensando que estábamos sanos en un mundo enfermo, nos recordó que en realidad no estábamos sanos. Había un virus entre nosotros, antes del coronavirus, que yo llamaría el virus del individualismo y la consiguiente soledad, que en realidad ya había debilitado radicalmente nuestra sociedad. Después de todo, el coronavirus sacó a relucir, estallar, esa fragilidad inherente a la naturaleza de cada uno de nosotros que no queremos ver ni siquiera considerar. En este sentido, hay una inteligencia que debe ser utilizada en este momento. El coronavirus es una molécula, ni siquiera viva, un parásito que en un abrir y cerrar de ojos ha puesto a todos y todo de rodillas, demostrando que si no se reconoce la fragilidad al final sufrimos las consecuencias. Si el orgullo omnipotente de cada uno de nosotros continúa guiando nuestras elecciones, guiando el significado mismo de la vida, al final es obvio que los frutos son los que hemos visto. Así que diría que esta pandemia nos muestra la verdad de lo que somos. Y en este sentido, la necesidad de pedir ayuda, la necesidad de apoyarse unos a otros, de decir basta a todo individualismo, autoridad, a toda autodeterminación, está finalmente ante los ojos de todos. No podemos seguir como hemos hecho hasta ahora.

Usted hace un llamamiento a una visión bioética global. ¿Qué significa eso?

R. – Cuando miramos nuestra vida, nuestro mundo, el significado de nuestros días, debemos tener en cuenta que estamos conectados unos con otros. Cada una de nuestras acciones nunca es sólo nuestra, sino que siempre pertenece a otros, para bien o para mal. Por ello, todas las opciones – políticas, económicas, sociales e individuales – si no tienen en cuenta una visión universal del bien común, o más bien de la fraternidad, corren el riesgo de causar sólo daños. Fraternidad es un término que creo que debería involucrar todas nuestras elecciones de manera radical. Una fraternidad entre los pueblos, dentro de las realidades asociativas de las ciudades, la fraternidad entre el hombre y la creación, la fraternidad como redescubrimiento del destino común de todos. Implementar una bioética global es como recuperar el sueño de Dios al principio de la creación. Toda la creación es la casa común de la humanidad. La alianza del hombre y la mujer debe ser responsable de todas las generaciones y debe ser responsable del cuidado de esta casa. Todo esto ha sido descuidado. Una de las razones de la pandemia es, según muchos, la devastación del clima. La muerte de los ancianos en las Residencias Sanitarias Existenciales es una de las consecuencias de la devastación de las relaciones entre las generaciones. Hemos prolongado la vida, lo cual es excelente, pero luego hemos depositado a aquellos a quienes les hemos dado este regalo en lugares de “fin de vida”, de alguna manera duplicando la crueldad.

Usted también dedica un amplio espacio en este volumen a lo que podríamos llamar una curación espiritual y comenta cuatro salmos: 13, 22, 130 y 143. ¿Por qué?

R.- Creo que este momento de máxima fragilidad se puede representar con la imagen del grito de Jesús en la cruz, que encarna a todos los pueblos de todos los tiempos. Es una imagen que representa una oración, una petición de ayuda. Lo mismo que el Papa Francisco expresó el 27 de marzo en la plaza vacía de San Pedro, mostrando el grito del hombre hacia Dios. En este sentido la tradición judeo-cristiana nos ha dejado un patrimonio de extraordinaria invocación que en esta época recupera gran potencia. Por eso quería mencionar en esta reflexión cuatro salmos de invocación, incluso dramáticos, porque el mundo entero necesita esto. Me impresionó que la transmisión televisiva de esa oración del Papa, ese viernes por la noche, fuera vista por millones y millones de italianos, muchos de los cuales ciertamente no son ni creyentes ni católicos. El Libro de los Salmos, con sus invocaciones a Dios, puede ser un importante vademécum porque recoge nuestros miedos, nuestros sufrimientos, nuestro llanto, nuestras esperanzas, nuestras ansiedades. Siempre me ha impresionado lo que me decía mi querido amigo Elio Toaff, rabino de Roma. Me dijo que desde que era un niño su padre le había aconsejado que llevara siempre consigo el Libro de los Salmos. Le había explicado que allí es como si toda la vida estuviera encerrada y los Salmos te ayudan a enfrentarla. Toaff me dijo que cuando fue capturado y a punto de ser fusilado, le pidió a los guardias si podía recitar un salmo antes de morir. Se apartó para rezar y milagrosamente uno de los soldados lo invitó a escapar. Con este episodio expresó su profunda religiosidad, la convicción de que Dios realmente te ayuda en la vida. Pero creo que el Libro de los Salmos en esta época puede ser un vademécum extraordinario incluso para aquellos que no creen.

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Fuente: Vatican News

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