Santa Misa para el Cuerpo de la Gendarmería

Las lecturas de este domingo nos hablan de la conversión. La conversión del corazón; conversión que significa “cambiar de vida”, es decir, que el corazón que no va por buen camino encuentre uno bueno.

Pero no es sólo nuestra conversión: es también la conversión de Dios. “Y si el malvado se aparta del mal que ha cometido —hemos escuchado en la primera lectura— “para practicar el derecho y la justicia, conservará su vida. Ha abierto los ojos y se ha apartado de todos los crímenes que había cometido; vivirá sin duda, no morirá”. (Ez 18, 27-28).El malvado se convierte. Digámoslo más fácilmente: el pecador se convierte y Dios también se convierte al pecador. El encuentro con Dios, la conversión, es de ambas partes; ambos buscan el encuentro. El perdón no es sólo ir allí, llamar a la puerta y decir: “Perdóname”, y desde el interfono te contestan: “Te perdono”. Vete.” El perdón es siempre un abrazo de Dios. Pero Dios camina, como caminamos nosotros, para encontrarnos.

Este es el perdón de Dios, el modo de convertirse. “¿Pero cómo iré a Dios? ¡Soy tan pecador!” Eso es lo que Dios quiere: que vayas, que vayas a Él. ¿Qué hizo el papá del hijo pródigo? —aquel que se fue con el dinero y se gastó la fortuna en vicios… ¿Qué hizo el papá? Cuando vio venir al hijo —porque el hijo había sentido que tenía que volver con su padre; tenía que volver por necesidad, pero de todos modos el hijo dio el paso—, el papá, que estaba en la terraza, bajó inmediatamente y salió al encuentro de su hijo. No lo esperó en la puerta señalándolo con el dedo, ¡lo abrazó! Y cuando el hijo hablaba pidiendo perdón, el abrazo le cerró la boca. Esa es la conversión. Ese es el amor de Dios. Es un camino de encuentro mutuo.

Y aquí me gustaría subrayar: un corazón que está siempre abierto al encuentro con Dios —esa es la conversión, estar abierto al encuentro con Dios—, ¿cuál es el modelo? El modelo es el del Evangelio, del rico, del pobre, el modelo es Jesucristo. Él salió a nuestro encuentro. Hemos escuchado la segunda lectura: «Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo, el cual, siendo de condición divina, —Jesús era Dios— no retuvo ávidamente el ser igual a Dios —es decirse quedarse allí— sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres […] y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz» (Fil 2, 5-8).

El camino de la conversión es acercarse, es la cercanía, pero una cercanía que es servicio. Y esta palabra me hace dirigirme a vosotros, queridos hermanos gendarmes. Cada vez que os acerquéis para servir, imitad a Jesucristo. Cada vez que deis un paso para poner orden, pensad que estáis haciendo un servicio, estáis haciendo una conversión que es servicio. Y del modo en que lo hagáis, haréis el bien a los demás. Y por eso, os quiero dar las gracias. Vuestro servicio es una doble conversión: una conversión propia, como la de Jesucristo, dejar las comodidades, dejar… “Voy a servir”; y la otra conversión, la del otro, que no se siente castigado a la primera sino escuchado, puesto en su sitio con la humildad de Jesús. Así, Jesús os pide que seáis como él: fuertes, disciplinados, pero humildes y servidores.

Una vez escuché a un anciano que, hablando de su hijo que gritaba a los suyos, decía: “Mi hijo no ha entendido que cada vez que les grita a sus hijos pierde autoridad”. Vuestra autoridad está en el servicio: poner límites, hacer que las cosas funcionen, pero en el servicio, en la caridad, en la bondad. Y esta es vuestra gran vocación. Para mí sería muy triste que alguien me dijera: “No, vuestro Cuerpo de gendarmería…, son empleados, funcionarios, que cumplen con su horario y luego se despreocupan…”. No, no. Ese no es el camino para convertirse y hacer que otros se conviertan. Vuestro camino es el del servicio, como el papá que va a ver a su hijo, como el hermano que ve algo y dice: “No, esto no se puede hacer, esto no está bien”. El camino es este, pero dicho con el corazón, dicho con humildad, dicho con cercanía

Dice la Biblia en el Evangelio que Jesús estaba siempre con los pecadores, incluso con los malhechores, pero ellos se sentían cerca de Jesús, no se sentían juzgados. Y Jesús nunca dijo una patraña, una mentira. No: “La verdad es esta, el camino es este”. Pero lo decía con amabilidad, lo decía con el corazón, lo decía como un hermano.

Gracias por vuestro servicio. Gracias, porque veo que vuestro servicio va por este camino. A veces alguno puede dar un resbalón, pero en la vida ¿quién no resbala? ¡Todos! Pero nos levantamos: “No he hecho bien, pero ahora…” Reanudar siempre este camino para la conversión de la gente y también para la propia conversión. En el servicio nunca hay equivocación, porque el servicio es amor, es caridad, es cercanía. El servicio es el camino que Dios eligió en Jesucristo para perdonarnos, para convertirnos.

Gracias por vuestro servicio y seguid adelante, siempre con esta cercanía humilde pero fuerte que nos enseñó Jesucristo. Gracias.

Fuente: Vatican News

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